Paranoia anticatólica

Considero una gracia inmerecida el haber recibido del Señor, a poco de haberme convertido, el don de amar a La Iglesia.  Desde que conocí a Jesucristo, Él y La Iglesia son prácticamente lo mismo o en todo caso, inseparables.

Amo a La Iglesia.  Amo lo que ella significa, lo que hace, lo que vive.  Me siento mal cuando la atacan y la acorralan injustamente, cuando la juzgan sin conocerla, cuando la desprecian por prejuicios que hay en el ambiente, cuando la desfiguran por los pecados de sus hijos, cuando la silencian, cuando no le permiten hablar, cuando no le conceden el derecho de pronunciarse sobre temas que conciernen a la salvación del hombre, de todos los hombres.  Sufro también cuando La Iglesia se estanca por la falta de conversión de algunos de sus hijos, cuando se encierra por las mezquindades de otros de sus hijos, cuando a veces se esclerotiza por la falta de conversión de algunas comunidades que la integran.  Y gozo también cuando La Iglesia triunfa, cuando logra sus objetivos de evangelización, cuando es reconocida como fuente de verdad, cuando es santificada por la santidad de muchos de sus hijos, cuando da gloria a Dios por sus hijos mártires, cuando es fiel en sus hijos fieles, cuando es obediente en sus hijos obedientes.

Y creo que en general los católicos debemos recobrar la autoestima, debemos levantar la cabeza con dignidad, con alegría, con esperanza, incluso diría que con un santo orgullo, porque -más allá de la infidelidad de algunos de sus hijos- es definitivamente más grande y luminoso el testimonio de fidelidad y coherencia en tantos hijos suyos que han vivido y que viven el Evangelio sin hacer mucha publicidad, sin fotos en el facebook, sin afiches, sin avisos ni documentales, sin convocar a megaeventos, sin reportes periodísticos dominicales.

Esto es muy necesario hoy más que nunca, sobre todo cuando la misma Santísima Virgen María ha puesto los puntos sobre las íes: “Yo como Madre quiero a mis hijos en la comunidad de un único pueblo, en el que se escucha y cumple la Palabra de Dios” (Mensaje del 2 de junio del 2013, en Medjugorje).  No es entonces un punto accesorio el pertenecer a este único pueblo fundado por Jesucristo; no es ninguna cosita sin importancia el formar parte de este único pueblo debidamente organizado y con sus pastores legítimos.  No se trata pues de “Jesucristo sí, Iglesia no”.  No, en absoluto.  Y la indicación está viniendo del mismo Cielo.

Y es verdad que en muchos lugares hoy se respira y vive una especie de “paranoia” anticatólica.  Algo muy triste. Y creo que muchas veces sucede esto por una elemental falta de conocimiento de cómo son las cosas en realidad. Se lanzan prejuicios acerca de La Iglesia y aún se crean desafectos contra todo lo que tenga el signo católico.  Y eso nunca será justo.  A mí me causa no sólo tristeza sino también horror cuando por este medio -internet, blogs mediante- hay quienes escriben tantas cosas que no tienen pies ni cabeza y se atreven a meter ideas contra la Iglesia en mentes jóvenes, en adolescentes ingénuos, en gente poco instruida que con leer un post ya creen que saben “le verdad sobre La Iglesia Católica”.  Y no hablo aquí de los videos bien ensamblados con fotos -youtube mediante- super montadas donde la consigna es muy sencilla: hacer quedar mal a La Iglesia Católica embarrando de cualquier cosa a sus pastores: los obispos y sacerdotes.

Y así, claro, se pueden entender ciertas posturas anti-vaticano de personas que nunca estuvieron en el Vaticano.  Así se pueden entender ciertas opiniones anti-católicas de personas que no saben en realidad lo que significa ser católico.  Así uno se explica ciertas ideas anti-clericales de personas que nunca han conocido o tratado con más de dos clérigos católicos o monjas en su vida.  Así, con tantas ideas metidas a la fuerza con malicia y arteramente, podemos comprender ciertas posturas anti-papistas de ciertas personas que nunca han conocido a ningún Papa personalmente -y ni siquiera han leído una sola encíclica en toda su vida-.  Pero claro, los que peor opinan de ciertas cosas son los que menos las conocen.

Yo sufro mucho cuando no se conoce la Verdad y se expanden por el ambiente tantas mentiritas.  Y sobre nuestra sufrida Iglesia Católica, mi Madre y mi Maestra, se han dicho tantas mentiras y leyendas negras….  Mentirotas y mentiritas que a veces repetimos sin investigar ni leer más, cosas que decimos porque “todos” lo dicen”.  Y nos sucede como en la conversación de dos o tres tipos que toman licor en un bar o en una cantina de barrio: siempre hablan de lo mismo, sin conocer la verdad sobre el tema… Pero siempre estarán de acuerdo en ello y siempre pensarán así.

Hoy más que nunca necesitamos abrirnos a La Verdad, necesitamos de honradez para dejarnos interpelar por ella, por La Verdad.  Necesitamos honradez para dejarnos cuestionar por ella.  Porque La Verdad nos hará libres.  Y La Verdad es una persona real y concreta: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero Hombre.  Y la Verdad es que Él, Jesucristo, y Su Iglesia son Uno solo. Y hablo de una unión total de voluntades, no por nada Jesucristo le dijo a Pedro: Lo que tú ates en la tierra quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo.

No nos dejemos llevar tan acríticamente por cierta paranoia anticatólica que no es veraz.  Démosle alas al Espíritu de Dios para que Él nos enseñe toda la verdad, en comunión y en sintonía con nuestros legítimos pastores, el Santo Padre, los obispos y sacerdotes.

 

Fr. Israel del Niño Jesús, RPS

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