Carta de Fray Marinko Sakota a los participantes del VII Congreso María Reina de la Paz México-2017

Fray Marinko Sakota

Godpin trg 1

88266 Medjugorje

 

A los participantes del VII Congreso María Reina de la Paz. México-2017

 

Queridos hermanos en Cristo!

 

¡Os saludo a todos de Corazón, a vosotros los participantes del Congreso de Guías de peregrinación, Responsables de Centros de Paz, Grupos de oración y Asociaciones caritativas inspirados por la espiritualidad de Medjugorje en México! Es una alegría para mí el poder dirigiros unas palabras de Amistad.

 

Primeramente escuchemos lo que nos dice la Madre. En el último mensaje la Virgen nos invita: “Con gran alegría os llevo hoy a mi hijo Jesús para que Él os de su paz. Abrid vuestros corazones, hijitos, y estad alegres de poder recibirle”. (25.12.2016)

 

En este mensaje la Virgen nos enseña: que ella es la Madre y la portadora de la paz; que Jesús es el donador de la paz; que la apertura de los corazones es la manera de recibir a Jesús, es decir, la Paz, y que los motivos para estar alegres realmente son muchos (la Virgen tiene motivos para estar alegre y desea que nosotros también los descubramos).

 

Creo que en vosotros sí hay alegría porque la Madre está con vosotros. Qué hermoso es estar juntos como los hijos de la Madre Celestial, de la Reina de la Paz. Porque somos hijos suyos, a los que ella ama. Y cuando no somos buenos y nos alejamos de ella, la Madre nos sigue amando, la Madre no se aleja de nosotros. ¡Qué motivo más grande para estar alegres! Pero también para ser conscientes y responsables de ello.

 

Reflexionemos sobre la advocación de la Virgen como la Reina de la Paz. En Guadalupe, la Virgen se presentó a Juan Diego como la Madre del verdadero Dios; en Lourdes, a Bernardette, como la Inmaculada Concepción; en Fátima, a Lucia, Francisco y Jacinta, como la Virgen del Rosario y en Medjugorje, a los seis niños, como la Reina de la Paz. ¿Por qué tantos nombres diferentes para la misma persona? ¿Acaso María no es una y acaso su misión no es única?

 

Es verdad que María, la Madre de Jesús, es la misma persona que se apareció en Guadalupe, en Lourdes, en Fátima y en Medjugorje. También es verdad que su misión es siempre y en todo lugar la misma, y esa misión María la recibió al pie del Gólgota, bajo la Cruz cuando Jesús, refiriéndose a Juan –y con ello a toda la humanidad- dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo.” (Jn 19,26) Pero las circunstancias temporales en las que María se aparece nunca son las mismas. Bajo los diferentes nombres con los que se presenta, ella ofrece la respuesta a los problemas con los que la gente se encuentra en un tiempo dado. Y en nuestro tiempo, esa es la paz. Y esto se ve claramente en el ejemplo de Medjugorje: “He venido aquí como la Reina de la Paz y deseo enriqueceros con mi paz maternal”. (25.7.1990)

 

La paz es la necesidad primaria del tiempo en el que vivimos. Está claro que este tiempo nuestro no es una excepción porque desde los comienzos el hombre está buscando la paz, pero si tomamos en cuenta solo el periodo desde el comienzo de las apariciones hasta hoy en día, veremos que hay tanta falta de paz y tantos motivos que dificultan conseguirla, que es difícil enumerarlos todos: el tiempo de la represión comunista, la dictadura del relativismo, los valores cristianos tambaleantes y una confusión cada vez más grande sobre cuáles son los verdaderos valores y cuáles no, la paz perdida en tantos jóvenes después de haber caído en la esclavitud de la droga, del alcohol y del juego, las guerras y las amenazas de conflictos entre los países y pueblos, la inseguridad por la pérdida del empleo, la incapacidad de encontrar el sentido de la vida, la paz perdida entre los cónyuges, la paz turbada por la enfermedad o la muerte repentina de alguien querido, y otros muchos motivos…

 

Vemos que la paz no nos la quitan solo las cosas graves, como la guerra, también puede ser una persona que nos ha sacado de quicio. Perdemos la paz porque a veces reaccionamos furiosamente a una palabra, y a veces nos ofende el silencio de alguien. La paz nos la quitan cosas materiales (cuando tenemos muchas y dependemos de ellas, pero también nos la quita el hecho de carecer de ellas y nos atormenta la preocupación por el futuro), etc…

 

Pero la Madre no nos deja inquietos sino que nos enseña el camino hacia la salida: nos invita a la oración. Siempre y de nuevo la misma llamada: “Queridos hijos, ¡orad, orad, orad!”. Una vez más recordemos el por qué de esa llamada y tan frecuentemente.

 

El propósito de Satanás es que vivamos solos, sin Dios. Así lo intentó con Adán y Eva, y así desea lograrlo con cada uno de nosotros. Desea separarnos de Dios. Desea que no contemos con Dios sino solamente con nosotros mismos, con nuestras propias fuerzas. Quiere convencernos de que somos fuertes y que las soluciones tenemos que buscarlas solamente con nuestra propia razón. Por eso no quiere que oremos.

 

Pero ¡atentos aquí! Satanás no está en contra de la paz, sino de que esa paz sea el producto de nuestros esfuerzos humanos. En decir, Satanás no está en contra de nuestra oración, sino de que cambiemos en la oración cuando lo que él desea es que, como aquel fariseo en el Templo, permanezcamos soberbios, convencidos que somos buenos y que los demás son malos.

 

Ahora tenemos claro el por qué de esa llamada tan frecuente a la oración y a la oración con el corazón: porque la Madre desea que aprendamos a vivir con Jesús, y no solos. Desea que recibamos sus palabras: “Sin mí no podéis hacer nada.” En otras palabras: “Sin el amor no podéis nada, y con el amor lo podéis todo.” Ella desea que esas palabras se encuentren en nosotros, que permanezcan en nuestros corazones.

 

María en los mensajes nos abre siempre una dimensión que es importante para nosotros, y de la que solemos olvidarnos. Así, en el último mensaje nos invita “a que no perdáis la esperanza y que vuestra mirada y vuestro corazón estén siempre dirigidos hacia el cielo y la eternidad. Así estaréis abiertos a Dios y a sus planes.” (25.12.2016)

 

Si, ¡hoy necesitamos la esperanza! Quizás más que cualquier otra cosa. Porque muchas cosas hoy nos desalientan y nos desanimamos y cansamos. Y pensamos que el mal es más fuerte y que no tiene sentido esforzarse en hacer el bien.

Queridos amigos, pidamos el don de la esperanza, para que Jesús la despierte en cada uno de nosotros. Pidamos por el don de un corazón abierto y una mirada abierta. Pidamos para que esa mirada y ese corazón se nos abran hacia el cielo y la eternidad. Que no nos quedemos encerrados solos en nuestras preocupaciones sobre los planes del futuro sino que nos abramos a Dios y a sus planes. Aprendamos a mirar a Jesús en la Eucaristía, en la adoración, en la oración ante la Cruz. Miremos a Jesús a fin de aprender a mirar con sus ojos. Aprendamos cómo mira Él. Abrámosle nuestro corazón a fin de pedirle soluciones en las situaciones concretas y en su Espíritu.

 

¡Queridos amigos! Qué hermoso es tener a nuestra Madre que nos enseña cómo vivir. ¡Aprendamos de Ella!

 

Que la paz y la alegría estén en todos vosotros y entre vosotros.

 

Y algo más: No vivamos la paz y la alegría solamente por y para nosotros sino seamos las manos extendidas de María que lleguen hasta aquellas personas que no tienen ni paz ni alegría.

 

Suyo, fray Marinko Sakota

 

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