Comentario al Mensaje del 25 de marzo de 2017

El signo da testimonio de nuestra verdadera pertenencia a la Reina de la Paz debe ser nuestra “decisión por la santidad”.  No es nuestra erudición, ni nuestros vínculos en torno a las personas y a los hechos milagrosos lo más urgente. Aunque todos estos aspectos pueden ser de gran significación, lo único que de verdad nos ubica, en el centro de la realidad de Medjugorje, es la diligente decisión de comenzar una “vida nueva”, sin excepción, porque “si decimos: «No hemos pecado», le hacemos mentiroso y su Palabra no está en nosotros.” (1 Juan 1, 8).

 

Para liberarnos de la ceguera del fariseo, que se tiene por justo y virtuoso,  nuestra Madre nos invita a abrir los corazones a la misericordia de Dios, reconociendo el amor inmolado de Cristo que “se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp. 2, 8), y no haciendo alarde de su condición Divina.

 

Y ante tanto amor y misericordia, lo que más anhela un corazón humilde, es decir “Sí a Dios y a los Mandamientos de Dios”, avanzando por los caminos seguros de la oración y la penitencia, “Porque el amor llama al amor y hace que las obras sean más importantes que las palabras.” (2 de Junio de 2016).

 

Dice el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 1989: La primera obra de la gracia del Espíritu Santo es la conversión, que obra la justificación según el anuncio de Jesús al comienzo del Evangelio: “Convertíos porque el Reino de los cielos está cerca” (Mt 4, 17). Movido por la gracia, el hombre se vuelve a Dios y se aparta del pecado, acogiendo así el perdón y la justicia de lo alto. “La justificación no es solo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación del interior del  hombre” (Trento: DS 1528).

 

No hay mayor manifestación de amor que, dejarnos transformar y cambiar por quien amamos y sabemos que nos ama. El amor une en lo más profundo y asemeja. Amar a la Madre es dejarnos asemejar al Hijo, por el Espíritu Santo que hizo de Ella, Sagrario vivo del Verbo Encarnado y Corredentora de nuestras almas.

 

“Nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial.” (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 264)

 

No hay camino más seguro para la felicidad verdadera y el amor autentico, que el don de la conversión y la búsqueda de la santidad. Y es ese el anhelo de la Reina de la Paz, que nos garantiza su presencia y auxilio amoroso y maternal: “Ustedes no están solos, yo estoy con ustedes por medio de la gracia que el Altísimo me concede para ustedes y sus descendencias”.

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